Espurna educativa

“Probablemente nuestros hijos no recordarán todas las charlas que les hemos impartido sobre las virtudes y valores, pero siempre quedarán impactados por el ejemplo de vida dado por sus padres” María Calvo Charro

Leyendo esta afirmación he tenido dos sensaciones distintas: por un lado, he pensado que la educación de los hijos (más bien toda educación) es exigente, porque supone que tú tienes que vivir aquellas virtudes que quieres que tus hijos vivan. Esto supone que los padres tienen que tener un proyecto familiar en el que tengan claro cómo quieren que sean sus hijos, qué virtudes ven más importantes. Y luego un proyecto para cada hijo, porque cada uno de ellos, por ser único e irrepetible, es distinto y a uno le será más fácil, por ejemplo, ser ordenado, a otro ser generoso… Por lo que hemos de ir ajustando nuestras exigencias a la forma de ser de
cada uno.

Pero nosotros hemos de hacer una introspección, conocernos, y ver cómo vivimos esas virtudes, para ir mejorando, para poder mostrarle a fulanito cómo ha de hacer para ser, por ejemplo, ordenado, porque yo lo vivo y se lo muestro.

Y la otra sensación que he tenido es que, si no eres buen orador y no sabes cómo expresar aquello que piensas y que en tu interior ves tan claro, qué alivio pensar que, si has intentado hacer las cosas bien, rectificar y pedir perdón, has estado educando también a tus hijos.

Me gusta repetir lo que decía Charles Péguy: «Solo hay un aventurero en el mundo, como puede verse con diáfana claridad en el mundo moderno: el padre de familia”. Y aunque él se refería al varón, creo que las mujeres también entramos en esta categoría, porque a ambos nos corresponde la maravillosa aunque exigente tarea de educar. ¡Y esta tarea no termina nunca!