Espurna educativa

En la familia, como en ningún otro ámbito, se ejerce una atención personalizada a los hijos: son quiénes, no qués (Estudios. Mario Mauro/Alfredo Rodríguez Sedano).

Leyendo esta afirmación tan interesante he pensado en mi propia familia. Habitualmente pienso en ella como un conjunto: me voy de viaje con mi familia, me encanta comer con toda mi familia… y quizás me ocupa demasiado este pensamiento. Al leerla me he detenido a pensar en cada uno de mis hijos, en cada uno de los quiénes que forman esta familia, y me ha llenado de placer pensar en cómo son cada uno de ellos: cada uno distinto, único, irrepetible. Con una riqueza personal que, al aportarla a la familia, la enriquece y la hace también distinta del resto. Y mi marido, a mi lado, el más importante para mi de este todo que se ha constituido como fruto de nuestra unión.

Y aquí reside la grandeza de la familia: en ser el lugar en el que cada uno de nosotros nos sentimos queridos por lo que somos. Es decir, que el núcleo de todo reside en el amor. Y me viene a la cabeza esta frase de San Juan Pablo II, el Papa de las familias,  “que no hay familia sin personas, que no hay personas sin familia, que no hay familia ni personas sin amor.